La captura de Nicolás Maduro en enero de 2026 redefine el poder en Venezuela y abre una fase de control indirecto ejercido por Estados Unidos, sin ocupación militar visible. El petróleo emerge como el centro de gravedad, permitiendo a Washington influir sobre decisiones clave del Estado venezolano mediante coerción económica y control del entorno informativo.
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Región: América Latina (Venezuela) / Norteamérica (Estados Unidos)
Fecha: 05 Enero 2026
RESUMEN EJECUTIVO
La captura del presidente Nicolás Maduro a inicios de enero de 2026 constituye un punto de inflexión estratégico que reconfigura de manera profunda la estructura de poder en Venezuela y redefine su relación con Estados Unidos. Más allá del impacto político inmediato, el hecho inaugura una fase de control indirecto en la que Washington desplaza el centro de gravedad del conflicto desde la confrontación militar visible hacia la coerción económica, el dominio del entorno informativo y la influencia decisional sobre el nuevo gobierno venezolano.
Las declaraciones públicas del presidente Donald Trump, afirmando que Venezuela venderá su petróleo a Estados Unidos y que sus importaciones se orientarán prioritariamente hacia productos estadounidenses, operan como instrumentos de señalización estratégica hacia otros competidores geopoliticos que operaban en Venezuela. Estas afirmaciones no solo buscan fijar expectativas económicas, que pretende la administracion Trump, sino también establecer un marco narrativo de dependencia hacia la Casa Blanca que condiciona las decisiones futuras de Caracas y reduce su margen de maniobra soberana antes incluso de que se materialicen acuerdos formales con los Estados Unidos.
Desde una perspectiva de inteligencia, el patrón observable no corresponde necesariamente a una campaña clásica de Operaciones Psicológicas en sentido táctico, sino a una campaña de influencia sobre el gobierno de Venezuela. Estados Unidos combina control de recursos críticos, presión económica, narrativa pública persistente y demostraciones de capacidad coercitiva para moldear el comportamiento del gobierno venezolano y del entorno regional sin recurrir a una ocupación militar directa. El petróleo emerge como la palanca central de esta estrategia, al concentrar valor económico, legitimidad política y capacidad de control estructural del Estado venezolano.
ANÁLISIS DE INTELIGENCIA
La situación venezolana posterior a la captura de Maduro debe analizarse como una transición forzada del poder político formal hacia un esquema de tutela funcional. El elemento decisivo no es únicamente la ausencia del líder capturado, sino la rápida reasignación del control efectivo sobre los flujos financieros y energéticos del país. En este escenario, Estados Unidos no necesita administrar directamente el territorio venezolano para ejercer influencia determinante; le basta con controlar los mecanismos que permiten al Estado venezolano funcionar.
El petróleo venezolano se convierte así en el verdadero centro de gravedad estratégico. Quien controla su comercialización, los destinos de exportación y la administración de los ingresos controla, en la práctica, la capacidad del gobierno para sostener políticas públicas, pagar lealtades internas, mantener cohesión institucional y proyectar autonomía internacional. Al declarar públicamente su intención de gestionar o condicionar estos flujos, Washington establece una relación asimétrica en la que Caracas opera bajo incentivos y restricciones definidos externamente.
Las declaraciones de Trump cumplen una función clave dentro del entorno informativo. Al ser emitidas de forma abierta y directa, transforman lo que podría ser un proceso negociador discreto en un hecho político “normalizado” ante la opinión pública internacional. Este tipo de señalización reduce la capacidad del gobierno venezolano de revertir o matizar los términos de la relación sin incurrir en costos políticos adicionales, tanto internos como externos. En términos de inteligencia, se trata de una operación de fijación de marco narrativo: se define qué es lo “esperable”, qué es lo “razonable” y qué alternativas quedan fuera de discusión.
Desde la doctrina de Operaciones de Información, esta dinámica responde a la lógica de influir sobre percepciones para afectar decisiones. Estados Unidos integra acciones económicas, legales, diplomáticas y comunicacionales para producir un efecto acumulativo sobre la voluntad del actor objetivo. No es necesario demostrar la existencia de una orden formal de PSYOP para identificar una campaña de influencia: el patrón de comportamiento, la coherencia de los mensajes y la sincronización entre discurso y acción constituyen evidencia suficiente a nivel analítico.
Este enfoque se encuentra en plena consonancia con principios estratégicos clásicos. Sun Tzu sostenía que la excelencia suprema consiste en vencer sin combatir, quebrando la voluntad del adversario y controlando el contexto en el que debe actuar. En el caso venezolano, la derrota no se materializa en el campo de batalla, sino en la pérdida progresiva de autonomía decisional. El nuevo gobierno venezolano se enfrenta a un dilema estructural: aceptar las condiciones impuestas para asegurar recursos y estabilidad inmediata, o resistir y asumir el riesgo de aislamiento económico, colapso fiscal y desestabilización interna.
Dentro de este marco, los indicadores a monitorear se integran directamente al análisis del proceso de influencia. En el plano institucional, resulta crítico observar si se producen reformas legales o decretos orientados a reestructurar PDVSA, modificar el régimen de contratos petroleros o aceptar esquemas de administración externa de ingresos. En el plano económico, la materialización de compras estatales condicionadas a proveedores estadounidenses confirmaría la traducción de la narrativa política en políticas públicas concretas. En el plano político-militar, señales de resistencia dentro de las Fuerzas Armadas o fracturas entre élites civiles indicarían límites a la capacidad de control indirecto de Washington. Finalmente, en el plano internacional, las reacciones de actores como Rusia, China u otros compradores tradicionales permitirán evaluar el riesgo de fricción geopolítica derivado de esta nueva arquitectura de poder.
En conjunto, la evidencia disponible sugiere que Estados Unidos está ejecutando una estrategia de control indirecto orientada a garantizar acceso energético, reconfigurar alineamientos regionales y neutralizar a Venezuela como actor autónomo en el sistema internacional. El uso combinado de coerción económica, narrativa pública y control de flujos críticos configura un modelo de dominación de baja visibilidad, pero alto impacto, cuyo éxito dependerá de su capacidad para sostenerse en el tiempo sin generar una reacción interna o externa que eleve los costos estratégicos más allá de los beneficios buscados.
Conclusión 1 – Reconfiguración interna del poder tras la captura de Maduro
La captura de Nicolás Maduro ha producido un vacío de autoridad estratégica que impacta directamente en el equilibrio interno del poder venezolano. En el plano militar, el ministro de Defensa Vladimir Padrino López pierde su principal ancla de legitimidad política, quedando expuesto a presiones cruzadas: preservar la cohesión de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana o adaptarse a un nuevo esquema de poder condicionado externamente. Esto reduce su margen de autonomía estratégica y aumenta el riesgo de fragmentación o repliegue defensivo del estamento militar.
En el plano político, figuras como Diosdado Cabello ven erosionada su capacidad de maniobra al desaparecer el liderazgo central que articulaba al chavismo duro; su poder residual depende ahora de redes internas y de su utilidad como actor de control político, no como decisor estratégico. Por su parte, la presidenta Delcy Rodríguez emerge como una autoridad formal debilitada estructuralmente, con legitimidad condicionada y sometida a incentivos externos, lo que transforma su rol en el de gestora de transición bajo tutela, más que en jefa de un poder soberano pleno.
Conclusión 2 – Objetivo de las operaciones de influencia de Estados Unidos
Las operaciones de influencia —y el uso sistemático del entorno informativo— por parte de Estados Unidos persiguen moldear el proceso decisorio venezolano sin necesidad de ocupación militar. El objetivo central no es únicamente persuadir a la opinión pública, sino condicionar a las élites gobernantes, estableciendo marcos narrativos de inevitabilidad, dependencia y costo. Al fijar públicamente expectativas sobre comercio, petróleo y alineamientos, Washington reduce el abanico de decisiones “aceptables” para Caracas, empujando al gobierno venezolano a adoptar políticas funcionales a los intereses estadounidenses sin recurrir a coerción armada directa. Se trata de influir sobre la voluntad política y no sobre el territorio, una lógica plenamente coherente con la doctrina contemporánea de Operaciones de Información y guerra cognitiva.
Conclusión 3 – Control de recursos estratégicos sin intervención militar directa
La administración Trump busca, en esta fase, asegurar el control efectivo del petróleo venezolano y de otros recursos estratégicos mediante mecanismos económicos, legales y narrativos, evitando deliberadamente una acción militar directa que elevaría costos políticos, jurídicos y regionales. El petróleo funciona como palanca estructural: quien controla su venta, sus ingresos y sus destinos controla la viabilidad del Estado venezolano. Este enfoque permite a Estados Unidos alcanzar objetivos estratégicos —acceso energético, reconfiguración de alianzas, neutralización de actores adversarios— manteniéndose por debajo del umbral de una guerra convencional, minimizando el desgaste internacional y preservando flexibilidad estratégica.
Conclusión 4 – Escenario en desarrollo y riesgos prospectivos
A corto plazo, el modelo de control indirecto muestra alta eficacia, pero no está exento de riesgos. La dependencia excesiva de la coerción económica y del control narrativo puede generar resistencias internas latentes, especialmente dentro de sectores militares o redes políticas desplazadas. Asimismo, actores externos con intereses en Venezuela podrían intentar explotar fracturas internas o erosionar el esquema de tutela estadounidense mediante presión diplomática, económica o informacional. El escenario actual apunta a una estabilidad controlada pero frágil, donde el principal desafío para Washington será sostener el control sin provocar una reacción acumulativa que derive en inestabilidad prolongada, insurgencia política o escalada geopolítica no deseada.







