La decisión de elevar el fentanilo al rango de amenaza estratégica refleja un cambio doctrinal en la percepción de riesgos por parte de Estados Unidos. Siguiendo la lógica planteada por Sherman Kent[1], cuando un fenómeno genera efectos acumulativos capaces de afectar la estabilidad del Estado, deja de ser un problema sectorial y pasa a formar parte del cálculo estratégico nacional.
[1] Kent, S. (1949). Strategic Intelligence for American World Policy. Princeton, NJ: Princeton University Press.
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Resumen Ejecutivo
La decisión de elevar el fentanilo al rango de amenaza estratégica refleja un cambio doctrinal en la percepción de riesgos por parte de Estados Unidos. Siguiendo la lógica planteada por Sherman Kent[1], cuando un fenómeno genera efectos acumulativos capaces de afectar la estabilidad del Estado, deja de ser un problema sectorial y pasa a formar parte del cálculo estratégico nacional. Bajo esta premisa, el fenómeno de las drogas sintéticas es incorporado al núcleo de la de la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos 2025, que amplía el concepto de seguridad nacional más allá de amenazas militares convencionales y lo orienta a la protección de la estabilidad interna frente a amenazas híbridas, entendidas como la convergencia de actores estatales, no estatales y dinámicas ilícitas que producen efectos estratégicos acumulativos. En este marco, México y América Latina adquieren un peso estratégico renovado no porque sean adversarios, sino porque constituyen espacios críticos de tránsito, producción y facilitación de drogas sinteticas, dentro de redes transnacionales que combinan criminalidad organizada, flujos financieros ilícitos y debilidades institucionales, con impacto directo en la seguridad publica y nacional estadounidense.
Análisis de Inteligencia
El fenómeno es evaluado por los tomadores de decisión estadounidenses no como una colección de delitos independientes, sino como una red transnacional interconectada cuya escala, persistencia y efectos acumulativos generan impactos estratégicos sobre la estabilidad interna, la gobernabilidad y la seguridad nacional. Esta lectura coincide con la doctrina contemporánea del Departamento de Defensa, que reconoce que actores no estatales pueden producir efectos estratégicos sin necesidad de controlar territorio formalmente (JP 3-0)[2]. La amenaza no reside únicamente en la sustancia, sino en la arquitectura de redes que la producen, financian y distribuyen.
Desde la perspectiva analítica, resulta relevante evitar el sesgo de “causa única” identificado por Richards J. Heuer Jr[3]., que lleva a sobredimensionar un solo factor explicativo. El enfoque estadounidense actual intenta precisamente superar esa limitación, abordando el problema como un fenómeno multifactorial donde convergen economía criminal, fragilidad institucional y demanda interna persistente por esta sustancia ilicita.
En la relación bilateral con México, este cambio doctrinal introduce una dinámica de mayor exigencia estratégica. Tal como señalan los manuales de contrainsurgencia y entornos irregulares (FM 3-24), cuando un actor externo percibe que una amenaza se apoya en estructuras locales persistentes, tiende a demandar mayor control territorial y resultados verificables. Esto incrementa la presión política y operativa sobre el Estado mexicano, ampliando el riesgo de fricciones en materia de soberanía y narrativa pública anti estadounidense del gobierno mexicano.
Para el resto de América Latina, el impacto se expresa de manera diferenciada. Estados vinculados al tránsito de precursores químicos o a la facilitación logística pasan a ser evaluados no solo desde parámetros criminales, sino estratégicos. Esta lógica responde al principio doctrinal de “amenazas interconectadas”, presente en la Doctrina de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSS 2025), que advierte que redes ilícitas pueden amplificar la influencia de actores estatales rivales al erosionar gobernabilidad y estabilidad regional.
En este marco, la política antidrogas se integra a la competencia estratégica global. El centro de pensamiento estratégico, RAND y otros centros doctrinales han señalado que el crimen transnacional funciona como multiplicador de riesgos, al generar ingresos, corrupción y deslegitimación institucional del Estado. Esta lectura refuerza la tendencia a tratar el fenómeno como un asunto de seguridad nacional, desplazándolo del ámbito exclusivamente criminal o sanitario, y legitima el empleo de instrumentos coercitivos ampliados sanciones, presión diplomática, operaciones de inteligencia reforzadas y cooperación de seguridad, tanto dentro como fuera del territorio estadounidense para enfrentar la amenaza.
No obstante, la propia doctrina de operaciones de información y estabilidad contenida en los manuales (JP 3-13 / FM 3-53), advierte que el uso excesivo de enfoques coercitivos puede producir efectos contraproducentes si no se acompaña de legitimidad, comunicación estratégica y fortalecimiento institucional. El riesgo central reside en que la narrativa de amenaza existencial desplace enfoques de largo plazo, alimentando ciclos de violencia y resistencia social. A ello se suma que la nueva política antidrogas de Estados Unidos frente al fentanilo incrementa la probabilidad de un mayor intervencionismo en los asuntos internos de México y de otros países que integran la cadena de producción, tránsito y facilitación, lo que puede generar percepciones de injerencia, erosionar la cooperación política y activar sentimientos de animadversión hacia Estados Unidosen sectores políticos y sociales de la región.
Conclusiones Estratégicas
PRIMERO: La Doctrina de Seguridad de los Estados Unidos integra el crimen transnacional dentro de la competencia estratégica global, ampliando significativamente su margen de acción. Este enfoque presenta claras similitudes con las campañas antidrogas lideradas por Estados Unidos durante las décadas de 1980 y 1990, caracterizadas por un fuerte énfasis coercitivo, externalización del problema y presión directa sobre países productores y de tránsito.
SEGUNDO: La experiencia histórica demuestra que aquellos enfoques no lograron reducir de manera sostenible el flujo de drogas ni debilitar estructuralmente a las organizaciones criminales, y en varios casos contribuyeron a la fragmentación violenta del crimen y al deterioro institucional en la región.
TERCERO: México se convierte en un punto focal del cálculo estratégico de EE. UU., con mayor presión por control territorial y resultados operativos, aumentando el riesgo de tensiones bilaterales.
CUARTO: La política estadounidense impulsa una clasificación de facto de los Estados latinoamericanos en función de su alineamiento a la nueva política de seguridad de los Estados Unidos, lo que fortalece mecanismos de cooperación y aumenta la presión sobre los gobiernos considerados insuficientemente cooperativos. Sin embargo, una política de seguridad antinarcóticos enfocada excesiva en medidas de coerción, sin balance doctrinal, puede generar efectos adversos sobre legitimidad y estabilidad regional.
[1] Kent, S. (1949). Strategic Intelligence for American World Policy. Princeton, NJ: Princeton University Press.
[2] Joint Chiefs of Staff (2017). Joint Publication 3-0: Joint Operations. Washington, D.C.: Department of Defense.
[3] Heuer, Richards J., Jr. Psychology of Intelligence Analysis. Washington, D.C.: Center for the Study of Intelligence, Central Intelligence Agency, 1999.







